viernes, 5 de septiembre de 2014

La Cenicienta y el zapato de cristal



Érase una vez una chica que se vio obligada a vivir con su madrastra y sus hermanastras al morir su padre. Después de la desgracia, la obligaron a vivir como una sirvienta, encargándose de todos los caprichos de las tres. Las malas lenguas decían que su padre había sido tan bueno y aquella mujer con la que se había casado tan mala, que había muerto por no soportarla.

Un día, el palacio mandó un mensaje a todo el pueblo, comunicando que se celebraría una gran fiesta para que el príncipe encontrase a la esposa ideal. La madrastra se puso loca de contenta, pensando que una de sus dos hijas podría ser la elegida. Cenicienta también deseaba ir a la fiesta, pero la madrastra se encargó de intentar evitarlo por todos los medios, encargándole más tareas que nunca: barrer toda la casa, fregar todos los cacharros, lavar toda la ropa, preparar baños para las hermanas y un sinfín más. Por las noches preparaba su vestido, con ayuda de ropas viejas. Sin embargo, sus hermanastras la descubrieron la noche de la fiesta y se lo destrozaron, haciéndolo jirones.

domingo, 24 de agosto de 2014

Cuentos reflexivos: La tristeza

Una mujer estaba tan desconsolada tras la muerte de su único hijo que decidió consultar a un sabio en busca de solución a su dolor.

- ¿Tiene Usted algún remedio para traer de nuevo a mi hijo a la vida y acabar con esta tristeza que me consume?

Tras meditarlo unos segundos, el sabio le dijo:

- Tráigame un grano de mostaza de una casa donde nunca hayan conocido la tristeza. Lo utilizaremos para devolverle la alegría de vivir.

La mujer partió sin perder un segundo y la primera casa que visitó fue una rica mansión en un barrio residencial. Cuando preguntó a sus moradores si en ese hogar no habían conocido la tristeza, la respondieron que había llegado al lugar equivocado. Empezaron a contarle las tragedias familiares de los últimos años. Así, pues, decidió quedarse para consolarlos.

Cuento reflexivo: Los ciegos y el elefante

Seis ciegos fueron convocados para mostrarles, por primera vez en sus vidas, lo que era un elefante. El primero de ellos se recostó sobre el ancho costado del animal y dijo: "El elefante es muy parecido a una pared". El segundo, agarrando uno de sus colmillos, exclamó: "¡Caramba! ¿Qué será esto tan largo, redondo y afilado? A mí me recuerda a una lanza". El tercero agarró con ambas manos la trompa del paquidermo y exclamó sin asustarse:

"Un elefante es igual que una serpiente". El cuarto alargó la mano hasta la rodilla robusta y arrugada: "Yo lo tengo muy claro. Un elefante es lo más parecido en el mundo a un árbol". El quito tocó casualmente una de las enormes orejas y comentó: "No sé qué pensarán los demás, pero a mí me recuerda a un abanico gigante". El sexto asió la cola y afirmó: "El elefante es un animal parecido a una cuerda". Así, convencidos de encontrarse ante seres muy diferentes, los ciegos discutieron sin llegar a ponerse de acuerdo. Lo mismo nos pasa a nosotros cuando conocemos parcialmente la realidad, todos podemos tener parte de razón y, a la vez, estar equivocados.



Fuente: Revista Pronto.

jueves, 21 de agosto de 2014

Poemas de Rafael Alberti

EL ÁNGEL AVARO

Gentes de las esquinas
de pueblos y naciones que no están en el mapa
comentaban.
—Ese hombre está muerto
y no lo sabe.
Quiere asaltar la banca,
robar nubes, estrellas, cometas de oro,
comprar lo más difícil:
el cielo:
Y ese hombre está muerto.
Temblores subterráneos le sacuden la frente.
Tumbos de tierra desprendida,
ecos desvariados,
sones confusos de piquetas y azadas,
los oídos.
Los ojos,
luces de acetileno,
húmedas, áureas galerías.
El corazón,
explosiones de piedras, júbilos, dinamita.
Sueña con las minas.